La estación del ‘pan’
Una nostálgica historia con olor a pan fresco y a humo de locomotoras que guarda la Estación del Ferrocaril de Cajicá en sus 100 años de existencia. Remembranza sobre la casa-panadería que congregaba al pueblo alrededor del ‘Pandemonio’
Por: Jaime Enrique Rodríguez Navarrete – Periodista
En Cajicá, donde el silbato del tren marcaba la hora con más precisión que cualquier reloj de bolsillo, llegó a la Estación del Ferrocarril una familia que convirtió aquel lugar en algo más que un punto de partida y llegada de pasajeros. Allí, entre rieles y humo de locomotoras, nació una panadería que olía a hogar: el esfuerzo conjunto de José Ángel Tavera, nacido en Suaita, Santander, y de su esposa Doña Lucrecia León, oriunda de Cajicá, Cundinamarca, empeñados en sacar adelante a sus siete hijos con harina, levadura y mucho tesón.José Ángel, hombre de manos curtidas y mirada que siempre parecía calcular el próximo viaje del tren, fue el motor silencioso de la empresa. No había madrugada que lo sorprendiera sin estar ya en pie, revisando los recorridos ferroviarios y horneando el ‘Pandemonio’ —ese pan robusto y juguetón que se volvió leyenda— con corteza dorada y corazón esponjoso. A su lado, Lucrecia, madre de siete hijos, era la verdadera administradora del milagro cotidiano: entre cuentas, recetas y regaños cariñosos, mantenía la Estación, la casa y la panadería en perfecto equilibrio. Además, con ojo agudo, revisaba el mapa y marcaba con círculos las rutas de los trenes para asegurarse de que todo marchara sin tropiezos.
Los hijos —Eleazar (q.e.p.d.), Mery Esperanza, Ana Mercedes, Luis Alberto, Delfino, Lucrecia y María Teresa— crecieron entre sacos de harina y juegos improvisados en los andenes. Cada uno tenía su tarea: unos ayudaban a amasar, otros a vender, y los más pequeños se encargaban de atraer clientes con sonrisas y travesuras. También les tocaba ayudar a bajar la vara del paso a nivel para avisar que venía el tren, tarea que les dejó anécdotas que aún provocan risas: ciclistas montados en la vara, carreras con la ‘Mesita’ ferroviaria y señales con linterna que más de una vez terminaron en susto y carcajada. La Estación del Tren se convirtió en un lugar donde la comunidad no sólo esperaba la llegada de vagones, sino también el momento de comprar pan fresco y escuchar las historias que la familia repartía junto con los rollitos y mogollas integrales.
Recuerdos de Barbosa
Antes de llegar a Cajicá, la vida en Barbosa, Santander, era tranquila y abundante para la familia Tavera León, que vivía en una finca hermosa donde sembraban café, plátano, naranja, guayaba y aguacate. Los hijos crecían y jugaban entre árboles, cosechas, animales y el sonido del río Suárez, mientras el tren atravesaba el pueblo como un corazón palpitante.
Pero poco a poco el ferrocarril comenzó a apagarse, los trenes dejaron de llegar y prácticamente desapare cieron, llevándose consigo las oportunidades. Entonces llegó la propuesta: trasladarse a Cajicá para que José Ángel ocupara la plaza de la Estación del Ferro carril, reemplazando al señor Jorge Villalobos. El esfuerzo de José Ángel y Lucrecia era titánico. No se trataba sólo de alimentar bocas, sino de educar, vestir y dar futuro a siete retoños en tiempos en que la vida municipal exigía más de lo que ofrecía. Sin embargo, la panadería fue su salvavidas y su orgullo. Cada venta era un paso más hacia la estabilidad, cada cliente satisfecho un recordatorio de que el trabajo honesto podía levantar familias enteras. El 8 de marzo de 1974, en una fría mañana en el tranquilo pueblo de Cajicá, llegó en tractomula la familia Tavera León desde el calor santandereano. El contraste era enorme: del sol ardiente de Barbosa al viento helado y la neblina que abrazaba las pequeñas calles cajiqueñas. La familia se instaló en la Estación del Tren, donde pronto se ganó el cariño de los vecinos. Doña Lucrecia León, cajiqueña raizal, era el lazo con la comunidad, mientras que su esposo, don José Ángel Tavera Carvajal, se hizo famoso por tres cosas: sus historias regionales, sus carcajadas contagiosas y su indisoluble amistad con el jocoso ‘Señor Obispo’.
La casa-panadería y el Obispo
La casa-panadería de la Estación era un hervidero de música, risas, rieles y olor a pan. Los vecinos la describían como un lugar donde siempre había algo que celebrar: la llegada de la locomotora con su humo, una serenata de trenes al pasar o simplemente la alegría de compartir un café con ‘Pandemonio’ recién salido del horno. La familia Tavera León no solo horneaba pan, horneaba comunidad. Y en medio de todo este jolgorio, aparecía el inseparable amigo de la familia: Esteban Rodríguez Campos, el ‘Señor Obispo’, nacido en Chía pero avecindado en Cajicá gracias a su matrimonio con Tulita Navarrete Prieto, mujer ejemplar de familia distinguida del pueblo. Mecánico de camionetas y personaje conocido por sus ocurrencias, fue el encargado de la Dodge/55 ‘La Pantera Rosa’, como la llamaban los hijos por su color. Él mismo la arreglaba mecánicamente y la mantenía lista para rugir por calles y veredas, cargada de canastos de pan. No había rincón queno conociera el sonido de esa camioneta ni cliente que no recibiera, junto con la bolsa de pan variado, una carcajada del ‘Señor Obispo’. Su oficio de mecánico le daba autoridad sobre motores y llantas. La verdadera magia de José Ángel estaba en llevar el pan de la Estación hasta los rincones más aparta dos, como si ‘La Pantera Rosa’ fuera una extensión de la locomotora. Entre rieles, ‘Pandemonios’ y la Dodge/55, los Tavera y el ‘Obispo’ Rodríguez demostraron que el verdadero viaje no era el del tren, sino el de la unión y el esfuerzo familiar compartido. *Con la colaboración especial de Lucrecia Tavera León.




